Analizan testimonios visuales sobre los “campos de internamiento” de japoneses-norteamericanos

CDMX 20 de agosto del 2020.- La otra cara de la moneda sobre el confinamiento que por motivos raciales se produjo durante la Segunda Guerra Mundial, se ha ido destapando: una decena de campos de concentración para japoneses y norteamericanos de origen nipón, distribuidos en el propio Estados Unidos; 120 mil víctimas a las que habría de sumar una decena de mexicanos y cerca de dos mil latinoamericanos, con esta misma ascendencia.

En el marco del Día Mundial de la Fotografía y a 75 años de la catástrofe atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, el historiador Sergio Hernández Galindo, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), reveló los rostros y la historia detrás de este episodio, gracias al registro que —bajo ángulos muy distintos— realizaron los reconocidos fotógrafos Ansel Adams y Dorothea Lange.

El también economista, especializado en la emigración japonesa en México y Latinoamérica, dio a conocer un evento todavía desconocido dentro de este vergonzoso capítulo, el de diez mexicanos descendientes de japoneses, que fueron recluidos en estos espacios por el solo hecho de haberse encontrado en el lugar y momento equivocados:

“Eran pescadores que vivían en Ensenada, que se habían naturalizado mexicanos. Por desgracia desconocían que había estallado la guerra y se trasladaron a San Pedro y a San Diego, en California, para dejar su mercancía; fueron detenidos en el acto y llevados a estos ‘centros de internamiento’, como eufemísticamente los nombraron”.

“De toda Latinoamérica, cerca de dos mil migrantes japoneses de distintos países, como Perú, Venezuela, Panamá, entre otros, fueron raptados y enviados a estos campos de aislamiento, acusados de ser extranjeros ilegales, pues a todos ellos les fue arrebatada su documentación personal”, expuso el investigador de la Dirección de Estudios Históricos al participar vía remota en el Seminario de la Mirada Documental.

En la videoconferencia, transmitida en el marco de la campaña “Contigo en la Distancia”, de la Secretaría de Cultura, destacó que la emigración japonesa hacia a América, comenzó a finales del siglo XIX, como respuesta a la presión que el país asiático recibía de las potencias mundiales (Estados Unidos, Inglaterra, Rusia y Alemania) para su apertura. En el decadente régimen shogunal, la isla fue pasando de una sociedad agraria a una industrial.

Más de 800 mil migrantes buscaron la vida en las Américas, principalmente Estados Unidos y Canadá, pero también en Sudamérica, sobre todo en Argentina, Perú, Brasil y, por supuesto, México. Para los primeros años de la década de los 40, en suelo mexicano habitaban cuatro mil 136 personas de origen japonés, 200 de ellas naturalizadas.

Eso se sabe, indicó Hernández Galindo, por los concienzudos registros norteamericanos, derivados de labores de inteligencia encabezadas por el Buró Federal de Investigaciones (FBI) en todo el continente. De ahí que las fuentes fundamentales para el investigador han sido acervos de ese país, algunos resguardados en la Universidad de Maryland, así como en la Biblioteca del Congreso y en los Archivos Nacionales.

Para el estallido de la Segunda Guerra Mundial y a la entrada de Estados Unidos al conflicto internacional con el ataque japonés a Pearl Harbor, la población de origen japonés se concentraba principalmente en los estados norteamericanos de la costa del Pacífico. De los 120 mil que serían distribuidos en los campos de concentración, dos terceras partes (entre 70 mil y 80 mil) eran ciudadanos estadunidenses, lo que supuso una violación a sus derechos. Cuatro décadas más tarde, el presidente Ronald Reagan ofrecería una disculpa a esta comunidad en nombre de la nación.

Pese a su llegada a Estados Unidos, desde hacía más de 50 años, el recelo para este sector siempre estuvo ahí, al representar —por sus orígenes— a una naciente potencia que ya rivalizaba con el imperio norteamericano. Antes de su reclusión colectiva, a inicios del siglo XX, se habían dado actos hostiles, ya sea impidiendo su naturalización o su ingreso en escuelas públicas, en el caso concreto de San Francisco, en California.

Salvo los centros de internamiento de Rohwer y Jerome, que se hallaban al este, el resto se ubicó en estados de la costa oeste y otros centrales: Granada, Gila River, Minidoka, Poston, Topaz, Heart Mtn., destacando los de Tule Lake y Manzanar, al noreste de Los Ángeles, y en las inmediaciones de la Sierra Nevada, una zona semidesértica con tormentas de arena y nevadas inclementes.

 

Perspectivas opuestas 

Esa realidad, expresó Sergio Hernández, contrasta con las tomas impecables que, en 1943, realizó Ansel Adams en el centro de Manzanar, las cuales fueron exhibidas un año más tarde en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, y publicadas bajo el título: Born free and equal. The story of loyal japanese-americans, generando polémica.

Las fotografías parecen retratar a descendientes de japoneses felices y en plena libertad. Cuando Adams accedió a este campo de concentración, habían pasado ya un par de años del confinamiento, y sus ocho mil internos ya habían construido toda una “ciudad” con escuelas, canchas deportivas, una prensa, jardín, iglesia, campos de cultivo, granjas, tiendas y centros de trabajos como maquilas de costura.

“Cuando vi esas fotos me evocaron la premisa de la película de Roberto Benigni, La vida es bella; si no sabemos el contexto pensamos en una sociedad ideal, pero fueron tomadas en un campo de concentración. Adams tomó estas fotos con acuerdo del administrador del ‘centro de internamiento’, y lo único que le prohibió fue que no tomara guardias armados, las cercas o algún conflicto. Fuera de eso se pudo mover de manera libre”.

Esa perspectiva es el polo opuesto del panorama que mostró por su parte Dorothea Lange quien, incluso, renunció a la beca Guggenheim para registrar esta realidad. En sus imágenes, hombres, mujeres, ancianos y niños suben a autobuses portando etiquetas de identificación y cajas con escasas pertenencias; y Manzanar no dista de Auschwitz, atacada por polvaredas o cubierta de nieve en el crudo invierno.

“El ataque a Pearl Harbor no explica por sí solo la implementación de estos campos de concentración. Japón comienza a despuntar como potencia al arrancar el siglo XX; y para 1907 en Estados Unidos ya se manejaba la idea de que serían invadidos y de ahí se crea un ambiente de animadversión. Para 1924, el presidente Calvin Coolidge firmó un acta señalando que la migración japonesa iba a ser impedida de ingresar y de naturalizarse, todo esto bajo un discurso racial.

“Para entender el campo de concentración, desde una perspectiva histórica, no solo hay que entender el contexto inmediato, debemos partir de un estudio más amplio que permita comprender las raíces de esa xenofobia y ese racismo”, concluyó el historiador.

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